lunes, 10 de abril de 2017



El castillo de Miravet


Sábado, 8 de abril






Una ruta larga para madrugar lo justo. El paisaje espléndido, con todos los matices verdes que nos está dando esta primavera. Nos espera el viejo pueblo de Miravet, al pie del castillo templario, situado sobre la estratégica colina que domina el río.










"Muràbit", así se llamaba del antiguo castillo musulmán, da nombre al actual Miravet. Desde sus orígenes en el siglo VIII, la aljama islámica se ha ido adaptando a las paredes rocosas de la montaña siguiendo la amplia curva del meandro. En la plaza está la atarazana donde se calafatearon los últimos llaguts que recorrieron el río.











Camino del castillo, calles estrechas, pasadizos, llegamos a la iglesia renacentista construida por la orden del Hospital  (s. XVI) sobre la antigua aljama, buen ejemplo de los efectos del paso de la Guerra Civil y de la Batalla del Ebro: No queda nada. Hoy se encuentra desacralizada. En su interior vimos, menos los correprisas, una colección de la alfarería típica de Miravet y una exposición de imágenes del paso del Ebro por parte de las tropas republicanas. Al lado, el mirador. Es curioso, que al observar la imperceptible corriente del río, dudas qué dirección lleva el curso de agua. En frente, el arco del meandro y el frondoso bosque de ribera.













El empinado carrer del Castell nos acerca hasta el castillo. Situado sobre la colina que domina el río, la antigua fortaleza islámica fue conquistada por Ramón Berenguer IV en 1153, cediéndola a la orden del Temple. Los caballeros templarios transformaron y ampliaron el recinto fortificado, convirtiéndolo en  un castillo-monasterio, siguiendo el estilo cisterciense, adaptado para las funciones básicas militares. Las dependencias más destacadas son las caballerizas, la cisterna, el refectorio, la bodega y silos, la sala capitular y la iglesia.










Con la disolución del Temple, el castillo y las tierras pasaron a manos de la orden del Hospital hasta 1835, que con la desamortización de Mendizábal, pasó a manos privadas. Las guerras carlistas y la Guerra Civil fueron las mayores causantes de su destrucción. En 1990, el castillo se cede a la Generalitat de Catalunya, que lo restaura y lo declara Bien de Interés Cultural.











A los pies de la iglesia hay una estrecha escalera de caracol que da acceso a la terraza. Esta no tiene nada que ver con la original, pero el amplio 'ático' nos permite disfrutar de una espléndida panorámica hasta donde alcanza la vista en un día soleado, despejado y sin viento.














         1915, Biblioteca de Catalunya


La restauración que se ha hecho a las paredes del patio de armas con revocados finos y con elementos modernos sin envejecer, el castillo ha perdido encanto, aunque permiten hacerse idea de su estructura anterior.


 La comida en la plaza Arenal, cada uno con lo suyo, bebidas aparte. El postre, exquisito, lo trae graciosamente C. Los cafés, 18 al gusto. Aprovechamos la sobremesa y hacemos cuentas. La 'ecónoma' N. hizo un buen reparto, 'sobraban' 44 €. Todo tiene arreglo, hasta la economía. Antes de iniciar el regreso, teníamos que ver el último transbordador original de todo el Ebro que aún funciona sin motor, cruzando el río tan sólo con la corriente del agua y la maestría del barquero.

















Una estrecha pista entre las sierras de Mola y el Crestall nos lleva al santuario de la Fontcalda, s. XIV. Al lado, está la fuente de los Chorros (Xorros) de agua minero-medicinal que sale a 28 grados junto al río Canaletes. Leemos que estas aguas son famosas por contener sulfato magnésico, cloruro sódico y carbonato cálcico, entre otras propiedades. El sitio invitaba a un baño perfecto, pero...
























La charradica a la salida de misa

Gandesa fue el cierre de la excursión y la última cerveza. Todavía conserva interesantes edificios. Un corto paseo por el casco antiguo para ver la Casa de la Villa, la iglesia románica de la Asunción, los portales de la plaza, la antigua cárcel,  algunas casas señoriales, nos deja el sabor para encontrar otro momento para recorrer la Terra Alta tarraconense.













Fotos de Nines, CarmenT, Montse, Pepe, Josemari



1915, Biblioteca de Catalunya



2017, Tertulia Albada



martes, 14 de marzo de 2017



Grustán

San Miguel de los Templarios




Sábado, 11 de marzo








El viajero desconocía el lugar y el camino era largo y pesado. Temía no llegar al siguiente pueblo antes de que la noche se le echara encima. No muy lejos, vio a un campesino que trabajaba la tierra. Se acercó y le preguntó por el tiempo que faltaba para llegar a G. El campesino, como si no fuera con él, siguió con su faena sin levantar la vista. El  viajero lo miró extrañado y volvió a preguntarle. Esperó, pero no hubo respuesta. Miró contrariado al campesino, que seguía impasible con su labor, y retomó el camino con paso firme. Su figura se iba distanciando en el horizonte. “Dos horas y treinta minutos”, escuchó. El viajero, perplejo, se paró unos instantes y volvió sobre sus pasos. El campesino seguía con su trabajo sin prestarle atención. El viajero, con gesto irritado, le inquirió: “¿Por qué no me contestaste cuando te pregunté?”. El campesino levantó la cabeza, lo miró con una sonrisa y le dijo: “Desconocía cómo eran sus pasos”. El campesino siguió con su trabajo y el viajero reanudó el camino.










 
 

Viene bien traer a la memoria este cuento para recordarnos que la distancia es relativa en relación con el tiempo para recorrerla. Salimos de Graus por la iglesia de San Miguel para seguir la senda zigzagueante y en ascenso moderado que acercaba a los romeros a la ermita de san Pedro. En pocos minutos llegamos a la Piedra Plana, una piedra lisa junto al camino. Leemos que en este lugar había una fuente que hacía que los romeros pararan por la tarde en su descenso de la ermita para merendar y seguir la fiesta. Hoy, ni agua, ni merienda, ni dance.










Dejamos el cruce de la ermita y seguimos nuestro camino para atravesar la Ubaga, un bosque de pinos silvestres de repoblación. Semiocultos por el bosque se encuentran los restos de la ermita románica de san Miguel o de los Templarios junto a una necrópolis. Deberían haber tenido cuidado en no plantar árboles junto a las ruinas para preservarlas de las raíces. El templo pudo ser la parroquia del despoblado medieval llamado Casals.









El bosque queda atrás y descendemos hasta el barranco de Grustán. El camino sigue en ascenso entre bancales abandonados cubiertos de olivos añosos y almendros en toda su plenitud floral. Paisaje hermoso para el deleite si no fuera por un sol en caída libre en este prematuro veranillo que aturde los sentidos. Bordeamos el farallón de la muela donde se ubica Grustán.























Asentado en un privilegiado emplazamiento desde la cual se observan unas espectaculares vistas de los valles del Ésera e Isábena, presenta un estado desolador. El pueblo fue abandonado entre las décadas cincuenta y sesenta del siglo pasado; su casco urbano está desparramado y en ruinas, en el que destacan fachadas, puertas doveladas y, sin duda, la iglesia parroquial de Santa María, a la que no pudimos acceder porque se le olvidó a alguien pedir la llave en el ayuntamiento de Graus. Destaca el  gran ábside románico y su esbelta torre construida sobre el porche de entrada. Y el reloj de sol, que hizo buena la hora para iniciar el regreso.





























La bajada se hizo cansada y dura porque el GPS de M. confundió la condición física con la psíquica. Cervecicas y cafés la compensaron. La visita nocturna a la restaurada y bella plaza Mayor de Graus cerró un día caluroso y estimulante.












Fotos de Pepe, Matilde, Rita, 
Carmen, Hortensia, Nines y Josemari