martes, 17 de mayo de 2016


Bordón


Sábado, 14 de mayo






Trece sigue siendo un  buen número para iniciar un viaje. Nos hemos acercado hasta Bordón, un pequeño pueblo de la comarca del Mestrazgo, en el límite fronterizo con la comunidad valenciana, que perteneció a la encomienda templaria de Castellote. Hemos dejado atrás la torre-campanario de Mas de las Matas, que con sus más de 60 metros de altura es una de las más altas de Aragón. A lo lejos se ve la peña de El Morrón, que el agua y el viento ha esculpido caprichosamente. 



Imagen de la Virgen de la Araña, Archivo Cabré, 1908. Ministerio de Cultura, Catálogo bibliográfico del CSIC.
Pintura de la Virgen  de la Araña 
en la iglesia de Bordón


Bordón guarda un monumento excepcional: La iglesia de la Virgen de la Carrasca, uno de esos lugares que a nadie deja indiferente, sea místico o no, porque es un lugar especial. En 1212, con la aparición de una imagen de la Virgen, el Temple levantó en aquel lugar un santuario, alrededor del cual se fue construyendo el pueblo que se conoce hasta hoy. La imagen era una pequeña virgen negra de estilo románico, sedente, tallada en madera y con el niño sentado en el regazo. Fue quemada junto con el retablo en la guerra civil. También en ese tiempo fue sustraída la imagen de la Virgen de la Araña, realizada en alabastro, patrona del pueblo. 














La iglesia posee una traza original gótica, aunque en los siglos XVII y XVIII se realizaron modificaciones y ampliaciones. Consta de una nave dividida en seis tramos por medio de arcos fajones en arco apuntado, cabecera plana y torre a los pies de la nave. Está cubierta con bóveda de cañón apuntado. Pero lo que llama verdaderamente la atención es que todo el interior posee una profusa decoración pictórica fechada en 1719. Aunque muchas de las pinturas son barrocas, está llena de símbolos esotéricos: Ventanas que se abren, el ave fénix, el cancerbero y muchos otros extraños símbolos y alegorías.














En la capilla de santa Lucia, fechada en 1390, en sus capiteles encontramos escenas de la adoración de los Reyes Magos y de la concepción de la Virgen María según los evangelios apócrifos; en la clave de la cúpula aparece un pantocrátor con una bola del mundo y en ella algunos aprecian un barco y el continente americano. O tal vez sea, sin más cábalas, una carrasca y dos torres. Las pinturas también hacen alusión a esos evangelios. Existe una pequeña cámara de difícil acceso, donde los iniciados pasaban la noche encerrados presididos por la Cruz de tau, el simbolo más sagrado de la Orden; M., curioso, entró, enfocó el celular y lo fotografió. Lo que sí es seguro que la visita a este mágico lugar no decepciona.
















Preparados con las mochilas, pasamos al lado del reconstruido portal de san Roque, antigua entrada del pueblo para seguir al encuentro del río Bordón y remontarlo hasta su nacimiento. Huertas abandonadas, chopos cabeceros y otros árboles de ribera dan sombra al camino, hoy con un sol tibio. El lugar del nacimiento es espectacular, la garganta se estrecha y a lo largo de ella brotan los manantiales. Si el tiempo sigue así, no  habrá que esperar al verano para disfrutarlo. 












Comer, sestear, un café. El día se alarga y Castellote es un buen  colofón. El breve recorrido  por la villa no impidió a M. subir al enrocado castillo para templar las piernas. Chulo él, para celebrarlo, nos brindó feliz remate con un brioche de elaboración propia, que se salía. Exquisito.















Fotos de Mariano, Carmen, Hortensia, Pepe y Matilde




martes, 19 de abril de 2016



Castillo de los Ares
el Cardoso y el Peruano
Ródenas

Sábado, 16 de abril










Encontrar el castillo de los Ares hoy no es difícil. Dos carteles situados a la entrada de un camino agrícola, para ser vistos en ambas direcciones, nos dan cuenta del desvío. Curiosamente, ni Guitart Aparicio en Castillos de Aragón (Librería General) lo nombraba; sin embargo, diez años después (1988, Mira Editores) reestructuraba la obra y en el tercer tomo nos daba noticia de él.  








Dejamos la autovía Mudéjar en Santa Eulalia del Campo. Inevitable café matinal. Retomamos la ruta camino de Pozondón. El paisaje es soberbio con una vegetación rala que cubre la planicie batida por el cierzo. A unos dos km, antes de llegar al pueblo, un cartel turístico nos señala el desvío. El camino está en buen estado y lo aprovechamos para acercarnos con los vehículos hasta el poste indicador: Pozondón (3,5 Kms), a la izquierda; el castillo de los Ares (1 km.), a la derecha; el barranco Cardoso (2,5 km.) y Ródenas (7,5 km), a nuestro frente. La mañana es fría; sol y nubes. Quien ha sido previsor se abriga. 














Y tomamos el camino cuesta abajo hacia el barranco Cardoso. Antes de introducirnos en la zona más profunda y escarpada,  seguimos rambla arriba una decena de metros hasta la escultura del Peruano, un bajorrelieve que tiene un estilo neoprecolombino. Representa un tumi, un tipo de cuchillo ceremonial usado por las  culturas del Antiguo Perú, cuyo remate es una divinidad inca, posiblemente Inti, dios del sol. A los pies del tumi, en el lado derecho, hay un jabalí y un ciervo; en el izquierdo, una serpiente enrollada a un arbusto. Una corona semicircular formada con motivos florales y geométricos lo remata. La figura es espectacular, tiene seis metros de alto por cuatro de ancho y la esculpió el artista peruano Mauro Mistiano en la década de 1980. Contemplarlo nos dejó a todos gratamente sorprendidos.












Retrocedemos sobre nuestros pasos para adentrarnos plenamente en el recorrido más singular y abrupto del Cardoso, de unos 500 m de gran belleza. Apenas lleva agua, pues recoge el agua de lluvia, pero esta ha excavado las paredes casi verticales de rodeno, tallando curiosas formaciones; el lecho escalonado ha formado pequeñas pozas. En los riscos, se aprecian los dormideros de los buitres. El cauce se abre en un prado y la senda se dirige al cruce con el camino de Almohaja. Seguimos por la derecha en leve ascenso hasta alcanzar la mayor  altura del recorrido para bajar entre campos de secano hasta las ruinas del castillo. El entorno está acondicionado, hay un merendero bajo una gran carrasca. Comemos. Las nubes paulatinamente van tornándose cada  vez más plomizas.

















Las ruinas del castillo de los Ares se alzan sobre una plataforma rocosa. Se compone de dos recintos fortificados situados a distinto nivel con muros de piedra rojiza irregular, muy similar a la del castillo de Peracense. En el recinto inferior se conservan las ruinas de algunos torreones circulares y en el superior sobresale  la torre semicircular de vigilancia. Durante el siglo XII defendía el señorío independiente de Albarracín del reino de Aragón, hasta su toma  por Alfonso III en 1284. Para detener el estado de ruina progresiva se ha preparado una intervención de conservación con la colaboración del Parque Cultural de Albarracín, el Gobierno de Aragón y la Unión Europea que se espera llevar a cabo en el futuro. Veremos...
















Seguimos ruta. Dejamos Pozondón a nuestra izquierda; sobre los tejados, destaca su robusta torre defensiva. Estamos en Ródenas: un café, una charradica. Pasear por sus calles y contemplar sus edificios construidos en piedra de rodeno le dan una carácter especial. Nos llaman la atención la forja de  sus puertas y ventanas, las casonas señoriales, como las casas del Olmo y la de Julianes o el interesante aljibe de origen musulmán, la iglesia primitiva de la que solo se conservan dos capillas. En un  espléndido prado junto  a la casa de Olmo hay dos palomares del siglo XII-XIII, ejemplo de la arquitectura popular ligada a una actividad complementaria de la economía rural.



















A escasos km, una pista nos acerca al castillo de Peracense, tan integrado en la arenisca roja que no se distingue qué parte corresponde a quién. Lloviznea.  Son las últimas horas de la tarde. Algunos hacemos una visita rápida. La lluvia cada vez es más persistente. En el bar Ramiro tomamos el ultimo café. Ha dejado de llover. Nos despedimos. Sin prisa, regresamos. Un día agradable.













Fotos de Hortensia, Gustavo y Pepe